CAPÍTULO 24
(FINAL A)
ALGÚN NOMBRE DE MUJER

Entramos en el piso, era un solo espacio, bastante grande. La cocina estaba integrada, era tipo americana. El piso solo tenía tres puertas: La principal, la del baño y la de la enorme terraza.
Me gustó mucho el piso y decidí quedármelo. Firmamos allí mismo el contrato y la vendedora me dio las llaves. Me senté en la terraza a fumarme un cigarro.
Debería estar contento por la nueva vida que iba a empezar, pero me sentía solo. Estaba un poco triste. Lo que me apetecía en ese momento era ver a Neus en medio de aquella enorme terraza haciendo sus ejercicios de yoga, totalmente desnuda; allí podría hacerlo sin que ningún vecino la viese.
Me lo pasé muy bien con Nina durante un tiempo pero tenía pensado ir a verla para decirle que no teníamos futuro como pareja. La chica era perfecta para mí, pero nos parecíamos demasiado, éramos iguales y teníamos los mismos vicios. Si seguíamos así, podríamos acabar los dos en el servicio de urgencias de un algún hospital con sobredosis de alguna nueva sustancia a la que nos enganchásemos.
Hacía tiempo que quería conocer a alguien diferente a mí: A una chica normal que no le gustase drogarse ni pasarse con la bebida, una chica sana que me contagiase sus ganas de vivir para dejar de ser tan autodestructivo. Si seguía así seguro que acabaría muy mal. Tenía que controlar mis adicciones y era muy débil para hacerlo yo solo. Necesitaba una mujer que me hiciese feliz, que me hiciese sentir tan bien que no necesitase meterme nada en el cuerpo para evadirme de nada.
Me gustaba mucho como Isabel había decorado el estudio así que le pedí que me ayudase a decorar el piso nuevo, fuimos a comprar cuatro cosas para que no se viese tan vacío. Quería que todo fuese nuevo, no quería llevarme ningún mueble del piso antiguo. Si tenía que empezar una nueva vida, quería que fuese de cero. Solo me traería las cosas más personales; todo lo demás se quedaría allí, quizás el nuevo inquilino les daría buen uso.
Pasé por un concesionario Volvo y me compré un coche. Era gris y no daba mucho el cante, no quería parecer un “Flánagan” de esos que llevan coches deportivos rojos para ligar con las chicas.
Fui a mi vieja casa para empaquetar mis cosas. Me daba mucha pereza, así que me senté en el sofá para beberme una cerveza y fumarme un cigarro. En el fondo me daba pena dejar aquel piso, en el había vivido tantas historias, algunas malas pero la mayoría buenas.
Me quedé dormido en el sofá; desde que volví de Nueva York iba falto de sueño, no me acostumbraba al horario europeo. Tuve un sueño de lo más extraño: Volvía a aparecer la diosa hindú de seis brazos aunque esta vez no parecía tan mala. Tenía la cara de Neus pero el cuerpo era el de Nina. Cantaba con la voz de Adela y sentía sus caricias como si tuviese las manos de Isabel. Frotaba mi cuerpo con aceites de aromas misteriosos. Me cogía con sus seis brazos y me mecía como a un bebé. De fondo se oía música mística oriental, el sonido del sitar me relajaba profundamente. Había una espesa niebla que no me dejaba ver más allá; todo olía a incienso nepalí, la sensación de paz era absoluta. No quería bajarme de su regazo, quería permanecer allí toda la vida, descansando y sintiéndome bien.
Me desperté y seguía oyendo la misma música y me seguía llegando a la nariz el olor a incienso nepalí. Miré por el balcón y el corazón se me empezó a acelerar. Allí estaba Neus, sentada en el suelo haciendo yoga con los ojos cerrados. Estaba guapísima, mucho más que cuando se fue a la India. Tenía la piel morena y se había cortado el pelo, ahora lo tenía más rubio, parecía un pollito. Estaba preciosa. No sabía si levantarme y salir al balcón para saludarla o quedarme allí tumbado observándola sin que ella se diese cuenta. No podía dejar de mirarla, pensaba que seguía enamorado de ella aunque no lo sabría hasta que no la tuviese entre mis brazos. Cuando más seguro estaba de mi amor por ella, vi como de su habitación salía un hombre. Me llevé una gran decepción. Era más o menos de mi edad y tenía aspecto de Hippy, llevaba ropa ancha y parecía muy atractivo. Me cagué en él y en toda su puta nación.
Recordé la carta de Neus diciéndome que no podría estar con ningún hombre que no fuese yo, que me sería fiel y que quería volver a estar conmigo. Ahora me cagué en la puta nación de ella. Me metí en la habitación sin que me vieran y empecé a empaquetar mis cosas sin dejar de pensar en ellos dos.
Bueno, pues que se le va a hacer. Total, yo tampoco le he sido fiel; pero ella se lo merecía por dejarme solo. Esa manera de pensar era solo una rabieta pero era lo único que podía hacer en ese momento. Estaba dolido y me sentía traicionado.
Cuando salí ya no estaban. Se habían ido y me alegré. No quería verlos besándose ni abrazándose.
Terminé de empaquetar mis cosas y me fui al estudio a ver a las chicas.
– Buenas tardes, Max. ¿Qué tal todo? ¿A mi no me vas a invitar a tu nueva casa? Isabel dice que es muy bonita.
– Un día hago una cena de inauguración y os invito a las dos.
– Isabel quería verte. No sé qué rollo te quería contar.
– Hola, Isabel. ¿Querías algo?
– Hola, guapo, siéntate que tengo que contarte algo.
– ¿Qué pasa?, ¿es algo del nuevo fotógrafo?
– No, es sobre Neus.
– No hace falta que me cuentes nada. Ya lo sé todo. Ha vuelto de la India con novio la hija de la gran puta.
– ¿Tiene novio?
– Sí, los he visto juntos en su casa. Es un puto Hippy de mierda, seguro que están follando todo el día. Maldito piojoso.
– Pero que tonto eres, cariño.
– ¿Por qué soy tonto, si se puede saber?
– Han venido antes los dos. Ella me ha preguntado por ti, quería saber si estabas enrollado con alguna chica. Yo le he dicho que no. Nos ha presentado al chico. Se llama Carlos, es muy guapo y está buenísimo, ¿tú no lo encuentras guapo?
– Vete a la mierda, Isabel.
– Pues tendrías que encontrarlo guapo porque se parece mucho a ella, es su hermano.
– ¿Es su hermano?
– Sí, tonto del culo. Es su hermano y está buenísimo. Como lo pille por banda, lo hago hombre y le dejo los….
– Vale, vale, vaaaale, Isabel, sí, está muy bueno, ¿te ha dicho si tiene ganas de verme?
– Pues claro que tiene ganas de verte, por eso ha venido aquí. Anda ve a buscarla y dale una bienvenida como se merece la pobre chica. Que la tienes loquísima y se le ve arrepentida.
Cogí el coche y me fui a mi nueva casa, decoré la mesa de la terraza con flores y muchas velas. Preparé una cena fría y compré una botella de vino del que a ella le gustaba. Cogí el coche y fui a buscarla. Antes de subir a casa compré un gran cartón blanco en la papelería. Entré en mi vieja casa y vi que estaba sola. Su hermano ya se había marchado. Cogí el cartón y un rotulador para escribir en el y ponerlo en el balcón sin que me viese.
“Bienvenida a casa amor mío, te quiero mucho”
La vi salir de su habitación y quedarse parada leyendo el cartel. Vi que se le saltaban las lágrimas. Se dio la vuelta y empezó a correr. A los treinta segundos la tenía en casa. Se me echó encima y se me abrazó con todas sus fuerzas. No paraba de darme besos y de decirme que me quería, que me había echado mucho de menos.
Entramos en la habitación e hicimos el amor. Era dulce, tierna y cariñosa, volvía a ser la chica Zen de la que me enamoré. Le dije que tenía una sorpresa para ella y que teníamos que marcharnos. Si no se lo digo hubiéramos estado días sin salir de allí, como la primera vez que nos enrollamos. Bajamos a la calle y nos montamos en el coche.
– Que coche más bonito, mi amor.
– No tanto como tú, chica Zen.
– ¿Dónde me llevas?
– Es una sorpresa.
Subimos a mi sobreático y le hice esperar en la puerta. Yo entré a encender las velas y fui a por ella. Le hice entrar tapándole los ojos. La saqué a la terraza y la dejé delante de la mesa. Cuando le destapé los ojos, se le escapó una lágrima al ver la terraza y la bonita mesa que había preparado para ella. Le encantó el piso pero lo que más le gustó fue la terraza y sus vistas. Era de noche y se veían todas las luces de la ciudad, estaba extasiada. Llené las copas de vino y brindé con ella.
– Por nosotros, Neus.
– Por nosotros, mi amor.
Después de cenar le pregunté si quería venirse a vivir conmigo. Volvió a llorar, me abrazó y me dijo que sí. Saqué el colchón a la terraza e hicimos el amor al aire libre, entre velas. No necesitábamos nada más en aquel momento, solo un colchón y nuestros dos cuerpos para disfrutar de la noche y de nuestro amor.

Lo último que recuerdo de esa época es la visión de estar conduciendo mi bonito Volvo con Neus a mi lado. Por fin hacíamos la salida que teníamos pendiente; fuimos a un hotel de montaña y ni siquiera vimos el paisaje. No salimos de la habitación en tres días. Volvíamos a estar juntos y esta vez todo iba a salir bien, lo presentía.

Solo recuerdo eso; estar con la mujer que amaba totalmente entregada a mí y más enamorada que nunca. El sueño de cualquier hombre heterosexual de treinta años, soltero y con ganas de encontrar alguien con quien compartirlo todo.

Al final, elijas el camino que elijas, lo mejor siempre es intentar realizar tus sueños, por absurdos que estos parezcan. No hay que dejarse vencer por la decadencia, ni la desidia. Hay que intentar ser feliz y disfrutar de la vida que al fin y al cabo, es lo único que tenemos. Y si puede ser, al lado de la persona que amamos.