Domènec Badía y Leblich
(Barcelona, 1 de abril de 1767 – Damasco, 1818)
Viajero, arabista, espía, funcionario, científico, bibliotecario, traductor, intendente, dramaturgo y general de brigada del ejercito”. Conocido también como Alí Bei el-Abbassi.

Domènec Badía  se mudó a Córdoba en 1792 para desempeñar la función de administrador de rentas de tabaco. En Córdoba estudió árabe y se sumergió en el mundo de los modernos globos aerostáticos, aventura que le llevó a la ruina económica.
En 1803, Manuel Godoy, primer ministro de Carlos IV, contactó con él para ofrecerle la difícil misión de ejercer como espía en Marruecos devido las malas y tensas relaciones que entonces mantenían entre ambos países. Ese mismo año emprendió un largo viaje por territorios musulmanes, bajo una tapadera que le hacia pasar por príncipe sirio musulmán, educado en Europa bajo el nombre de Alí Bei el-Abbasí.
Como viajero explorador visitó Argelia, Marruecos, Libia, Egipto, Arabia, Siria, Turquía y Grecia. Llegó a visitar zonas en las que nunca antes había pisado occidental alguno.
Los viajes a Marruecos los hizo como espía del gobierno español para allanar el camino a la posibilidad de convertir Marruecos en protectorado español, Para ello debía ganarse la confianza de Mulay Sulaymán, en el caso de que Sulaymán no cayese en la trampa la orden era contactar con sus enemigos para empujarlos a una guerra civil y así entrar el ejercito español a invadir Marruecos.

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En 1808, España fue invadida y Alí Bei se presentó a Napoleón Bonaparte, de la reunión salió con una carta de recomendación para su hermano Joseph Bonaparte (Pepe Botella) o José I, por aquel entonces rey de España.
Dos años después de la reunión es nombrado alcalde de Córdoba, durante su mandato introdujo el cultivo de productos, algunos descubiertos en sus viajes, como el algodón, la remolacha y la patata.
Tras la derrota de Napoleón se exilia en Francia, por lo visto era más amigo de la ilustración que del fanatismo religioso de Fernando VII, el nuevo rey que reinstauró la Santa Inquisición mientras sus súbditos gritaban por las calles “Viva las cadenas”.
Durante su exilio en Francia publica en dos volúmenes “Voyages d’Ali Bey en Afrique et en Asie”, donde recogía sus viajes por el mundo árabe. Se distribuyeron por toda Europa, con ediciones especiales en Reino Unido y Alemania.

Tras la publicación de sus libros cambia de nombre, ya no es Domènec Badía ni Alí Bei, a partir de entonces será Ĥãŷŷ ‘Ali Abu ‘Uțmãn (Alí-Othman). Bajo esa personalidad emprendió viaje a Damasco. Salió de París en 1818 pero fue descubierto por los servicios secretos británicos que le organizaron una recepción con un Rajá a sueldo del imperio británico. Murió en Damasco tres beber su última taza de café, por supuesto envenenado.
Domènec Badía (Alí Bei) fue un hombre de amplia cultura, dejó escritos junto a detallados dibujos sobre sus viajes, descripciones pormenorizadas de las ciudades que visitó y plasmó en sus observaciones sobre geografía, botánica, zoología, entomología, geología y meteorología.
Sus viajes fueron leídos en toda Europa y promovieron la curiosidad por la cultura islámica. Le admiraron, aunque con ciertas reticencias, Francis Burton, quien realizó una proeza semejante, y Alexander von Humboldt.
Sobre su vida se han escrito libros y Marruecos ha producido una película titulada De sable et de feu.

Algo bueno que podría hacer el ayuntamiento de Barcelona sería instalar placas informativas explicando la vida del personaje al cual está dedicada la calle.
Es una pena pasar por calles con nombres de personas de las cuales desconocemos sus apasionantes vidas.