CERVANTES Y BARCELONA

El amor de cervantes por Barcelona es de sobra conocido por muchos pero no por la mayoría.
Se dice que Don Miguel de Cervantes y Saavedra, nació un 29 de septiembre de 1547 en Alcalá de Henares y murió un 23 de abril de 1616 en Madrid. Está considerado como el mayor escritor de la literatura española de todos los tiempos. Fue el autor de «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha», considerada la primera novela moderna y una de las mejores obras de la literatura universal. Don Quijote es el libro más vendido de la historia solo superado por La Biblia.
En la segunda parte de su obra hace visitar a Don Quijote y Sancho Panza la ciudad de Barcelona, es la única ciudad por donde pasan los protagonistas ya que sus andanzas suelen suceder en pequeñas poblaciones de la Mancha, de cuyo nombre no quiere acordarse.

A la izquierda una ilustración de la entrada a la ciudad de Barcelona por la puerta de la Plaça Nova.
«Y, así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto».
Cervantes vivió en Barcelona unos años y a tenor de sus obras podría decirse que el genial escritor estaba enamorado de la ciudad.
Antes de vivir en ella ya la había visitado en varias ocasiones para embarcarse en diferentes aventuras mediterráneas.
Cervantes vivía en el número 2 de lo que hoy se llama paseo de Colón.
Desde las ventanas de su casa podía ver el mar y la playa, de ahí saco más de una idea para incluirla en la segunda parte del Quijote.

También en Barcelona es donde por primera vez vio y visitó una imprenta y por supuesto dejó constancia de ello.
«Sucedió, pues, que yendo por una calle alzó los ojos don Quijote y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: “Aquí se imprimen libros”, de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna y deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en esta, enmendar en aquella, y, finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas grandes se muestra.» Y en ella se estará imprimiendo precisamente la falsa «Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal, vecino de Tordesillas. «Don Quijote, al verla, “con muestras de algún despecho”, se saldrá de la imprenta no sin antes anunciar que “su San Martín le llegará como a cada puerco”.   

Miguel de Cervantes, dice maravillas de la ciudad en una de sus Novelas ejemplares: «Las dos doncellas. Las dos jóvenes, Teodosia y Leocadia», vestidas de hombre, y el hermano de la primera, don Rafael, “llegaron a Barcelona antes de que el sol se pusiese” «Admíroles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso lector«.

Barcelona destino final las aventuras del ingenioso hidalgo

Don Quijote se entera en una venta –que no castillo– de la existencia de la falsa historia de la segunda parte de sus aventuras, impresa en Tarragona en 1614, y lo hace a través de dos de sus lectores, y además tendrá en sus manos el libro impreso y lo hojeará, viendo que es desposeído del amor que siente… “ya desenamorado de Dulcinea del Toboso”.
Cuando dice a los dos caballeros lectores del libro, que tenía intención de ir a Zaragoza, a las justas del Arnés, Don Juan le cuenta cómo allá ha ido el falso don Quijote, y el caballero andante le replica: «–Por el mismo caso no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno, y echarán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice.»  
Don Jerónimo le sugiere entonces su destino:
  «–Hará muy bien, y otras justas hay en Barcelona donde podrá el señor don Quijote mostrar su valor.»  
“Así lo pienso hacer” contestó don Quijote. Al salir de la venta se informa de “cuál es el más derecho camino para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza”.

En las playas de Barcelona acabó precisamente la vida de héroe de don Quijote de la Mancha, vencido en ella por el Caballero de la Blanca Luna, no tuvo más remedio que despojarse de su armadura, de sus armas y regresar a su aldea, en donde acaeció su definitiva transformación en persona particular: volvió a ser Alonso Quijano y se aprestó a morir en su cama, imitando también en ello a Tirante el Blanco (Tirant lo Blanc).   
Un caballero barcelonés, don Antonio Moreno, fue el primero en advertir la enorme desgracia que para todos representaba tal derrota, como se lo manifestó a su vencedor, que no era otro que el licenciado Sansón Carrasco:
«–¡Oh señor –dijo don Antonio–, Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él! ¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos?» “Con su salud no solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza, su escudero, que cualquiera de ellas puede volver a alegrar a la misma melancolía”.

Existe además otra novela, escrita por Lope de Vega, publicada en 1604 «El peregrino en su patria», que comienza así:
«Salía sobre las blancas arenas de la famosa playa de Barcelona, entre unas cajas, tablas y rotas jarcias de un navío, un bulto de sayal pardo, cubierto de algas y ovas, que, visto de unos pescadores y puesto en una barca con la codicia de que fuese alguna rica presa, fue llevado por la ribera abajo dos largas millas, hasta que entre unos verdes árboles desenvuelto, como las demás cosas, fue conocido por un hombre que entre la vida y la muerte estaba en calma.»

En el Peregrino, Lope de Vega, llamará “bárbara gente” a esos pescadores que recogen al náufrago.    
Todo ello sucede en Barcelona, que según Cervantes es “flor de las bellas ciudades del mundo”
Barcelona es la única ciudad que aparece en el Quijote descrita con precisión desde que caballero y escudero llegan a ella y descubren el mar.
“Dio lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una rodela, por el más bajo horizonte poco a poco se iba levantando. Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces de ellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto; vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas de flámulas y gallardetes, que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua…”

Gracias a la imprenta de la calle del Call de Barcelona Don Quijote de la Mancha sale a la luz la primera gran novela moderna, en 1595, (según nuevos estudios) diez años antes de que lo hiciese la edición impresa en Madrid en 1605. Curioso que haya pasado a la historia como la primera edición la impresa en Madrid, tiempo al tiempo, aunque conociendo la estrechez de miras de los historiadores oficialístas, dudo mucho que ese tiempo sea cercano.
Y me despido con la cita del Quijote llegando a Barcelona, posiblemente a la altura de las Horcas de la Creu Coberta, actual barrio de Sants, entonces villa alejada de la ciudad amurallada.

Llegando Don Quijote y Sancho Panza a Barcelona, Sancho se asusta al notar como rozan en su cabeza los pies de un ahorcado, a lo que don Quijote le cuenta «No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no ves, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona».

Sea como fuere tanto El Ingenioso hidalgo como Don Miguel de Cervantes estuvieron en Barcelona, así como Lope de Vega, para relatar de primera mano lo que en dicha y noble ciudad acontecía por aquellos tiempos.