PRIMER CONTACTO interesante por chat después de varios días de discretas conversaciones, de vernos solo una vez y hablar bien poco, es decir, casi nada, solo de trabajo.

– Harta de releer la misma frase de los apuntes, delante y detrás, sin saber qué cojones me están diciendo. Tiro los apuntes al suelo y cojo el portátil… ¿estarás conectado?
Unos segundos de incertidumbre y… no, que lástima. Quizás sea mejor así.
Cierro los ojos. Casi hasta podría olerte, sin saber como hueles en realidad. Me invade ese perfume imaginario mientras empiezo a lamerte el cuello.
Mi lengua continúa como si tuviese el camino marcado, como obligada. Primero en tus pezones, se recrea en ellos notando como se ponen duros, como se excitan. Yo también noto mis pezones duros.
Continúo lamiendo más abajo, hacia tu ombligo, pasando rápidamente, dejando un camino de caliente saliva; pienso que me acaricias el mío. Pierdo el conocimiento solo de imaginármelo y me acaricio profundamente.
Después la lengua, con vida propia, continúa hacia tu polla. Está pegada a tu cuerpo, no puede desprenderse. No puedo dejar de lamer y lamer…
Abro los ojos para despertar de esta obsesión. Me estás mirando, pidiéndome más y más sin palabras. Y yo te lo doy todo.

* Me has excitado mucho, la tengo pegadísima al cuerpo. Me gusta encender el ordenador y encontrarme estas cosas que me escribes y que me excitan a más no poder.

– Lo sé, por eso lo hago.

* Mientras despiertas de ese sueño húmedo echas un vistazo al portátil y ves que estoy conectado y, mientras acaricias tu entrepierna totalmente mojada, me escribes un mensaje diciéndome: CUENTAME UN CUENTO. Yo, remolón aunque súper excitado, me pongo a escribir pensando en tu juguetona lengua deslizándose por todo mi cuerpo y te digo:
“Esta es la historia de una chica a la cual no le atraía mucho el sexo, quizás por inexperiencia o porque jamás encontró a alguien que se lo hiciera como se debe hacer. Intentó tocarse varias veces pero todo quedaba en nada, no se excitaba de ninguna de las maneras. Un día decidió tirar por el camino recto y se dispuso a alquilar una película porno en el video-club de su barrio”… ¿Sigo?

– Sigue. Me ducharé mientras lo haces. Después te leo… Sigue.

* Se dirigió al video-club, pasó por la calle San Ramón y vio a unos cuantos abuelos esperando a que alguna prostituta terminase su trabajo para empezar con ellos. Mientras las menos solicitadas deambulaban calle arriba, calle abajo, con sus carnes bien apretadas en faldas de tubo a punto de reventar; algunas aplastaban su cigarrillo, con el filtro manchado de carmín contra el suelo con sus zapatos de tacón exageradamente alto, dejando ver sus medias negras con las costura trasera perdiéndose dentro de la raja trasera de sus falda.
Vivir en el barrio chino de Barcelona te ofrecía este tipo de espectáculo todos los días. Una chica como ella tenía que estar más que acostumbrada a verlo pero siempre se impresionaba y se excitaba. Era una chica muy morbosa con una imaginación muy desarrollada.
A veces imaginaba que era ella la que subía por las escaleras de alguna pensión, seguida por algún rudo marinero ruso, y se excitaba sobremanera pero solo era eso, imaginación, ya que a la hora de la verdad no se atrevía a entrarle a un hombre. Ni siquiera masturbarse, pensando en sus fantasías de prostituta aficionada, hacía que llegase al orgasmo.
Entró en el establecimiento y se perdió por los pasillos repletos de carátulas obscenas: Mujeres desnudas metiéndose cosas por el coño, tíos bigotudos morreándose y chicas monísimas chapándose todo.
Cogió una película de gladiadores, pensó que eso le excitaría, y se dirigió al mostrador.
Un chico bastante atractivo estaba detrás. El negocio era de un amigo suyo que, de vez en cuando, le pedía que se hiciese cargo del vídeo-club mientras él hacía gestiones que solo se podían hacer en horario comercial. El chico le hacía el favor porque le gustaba ver el comportamiento de las mujeres al acercarse al mostrador con una película subida de tono. Le gustaba ponerlas nerviosas y, alguna que otra vez, conseguía quedar con ellas para tomar algo y de paso intentar algo más que beber y charlar.
Él la miró fijamente a los ojos, después al estuche de la película, y nuevamente a los ojos; ella se sonrojó y le temblaron las piernas, le subió un cosquilleo por el vientre y notó una fuerte excitación.
Con mucho descaro él le dijo: “Menuda fiesta te vas a pegar esta noche”, y le preguntó: ¿La vas a ver tú sola?
Ella, tímida, le respondió con un “Sí”, con una vocecita muy débil, casi como un suspiro apenas audible, pero que él escuchó perfectamente.
El chico le dijo; Mira yo cierro el dentro de diez minutos, si quieres me esperas en el bar de la esquina y te invito a una copa.
Ella pagó el alquiler de la película y le dijo; “Vale, te espero. No tardes mucho”.
El bar era uno de aquellos sucios y malolientes locales tan típico en los años ochenta. Ella conocía bien el local y sabía que las escaleras que se veían al fondo llevaban a un altillo en el que había un sofá, donde a veces subía con alguna amiga para fumar porros. En el bar ponían buena música y el dueño era simpático. Si eras buen cliente tenías acceso a la parte superior para hacer trapicheos con algún camello, sentado cómodamente en el sofá.
La chica pidió una cerveza y se dispuso a esperar a ese desconocido pensando qué era lo que estaba haciendo:
He quedado con un chico que no está nada mal y es guapísimo para ves a saber qué… tiene pinta de vicioso. No sé qué hago aquí, estoy loca…
Mientras sorbía la espuma de su cerveza le echó un vistazo a la sinopsis de la película y vio que era un bodrio infernal, pero las fotos le gustaron.
Hombres fuertes, sudorosos y sucios, con corazas y espadas, y unos paquetes enormes. Sonrió y miró por la ventana del bar.
Vio como se acercaba por la calle el chico del vídeo-club y su mirada, sin proponérselo, se posó en su paquete. Se sorprendió a si misma haciendo comparaciones con los gladiadores de las fotos y volvió a sonreír”.

* Mucho estás tardando tú en la ducha. ¿Realmente piensas en cómo será mi olor? Eso me gusta.

– La ducha me ha sentado genial… Pienso muchas cosas… Y el olor es importante… Me gusta mucho el cuento. ¿El chico del vídeo-club llega a entrar en el bar?

* El chico entró en el bar y la vio sentada al lado de la ventana, toda modosita pero con un morbo fuera de lo común. Se sentó delante de ella y la observó con mirada inquisidora; al sentirse observada volvió a sentir el cosquilleo que le subía por el estómago y notó un extraño calor en la entrepierna. El chico pidió una cerveza, se la bebió en tres tragos y le dijo: Eres una chica realmente intrigante, no tienes el perfil típico de las mujeres que ven películas porno solas en casa.
Es la primera vez que lo hago y creo que ahora me arrepiento, dijo la chica.
No te arrepientas, es algo normal: Yo veo pornografía y no soy ningún monstruo.
¿Quieres que subamos a fumarnos unos porros?
El chico se sorprendió gratamente y le dijo que sí.
La siguió hasta el fondo del bar. Ella subía las escaleras delante de él, y pudo observar un poderoso culo que zigzagueaba de un lado a otro con un movimiento que despertó en él sus instintos más salvajes”.

– ¿Y cómo es el perfil típico de las mujeres que miran porno solas en casa? Me lo explicas al acabar el cuento…
* Te lo contaré otro día y creo que también el cuento. Pero si quieres seguirlo tú estaría bien. Adelante…Te leeré mañana que ya me desconecto.


SEGUNDO CONTACTO

– ¿Me cuentas un cuento?
* ¿Qué tipo de cuento?
– De los que hacen que moje las bragas.
* ¿Como el del chico del Video-club y su clienta deseosa de experimentar nuevas sensaciones con él?
– Por ejemplo. No lo terminaste y me quedé con las ganas. De hecho cuando me fui a la cama me dormí pensando en cómo se lo montarían los dos.
* Está bien, continuaré con ello.
– Sigue… ¿llegan al subir al altillo del bar?
* El chico no podía apartar la mirada de aquel prodigioso culo mientras subían por la sucia escalera del bar. Se imaginaba cómo sería tener la cara entre esas nalgas.
No sé si hago bien en invitarte a subir, no te conozco de nada y creo que a parte de fumarte mis porros querrás algo más.
Mira chica, no te conozco de nada pero creo que si la cosa va como tiene que ir, en poco rato nos conoceremos más de lo que muchas personas pueden llegar a conocerse.
Ahora no sé si dejarte entrar, me das un poco de miedo… le dijo con cara de susto.
Me dejarás, ese miedo es lo que te atrae y a la vez te excita.
Tienes razón. Anda entra y siéntate”.

– Me imagino lo que va a suceder
* Tú tienes mucha imaginación, guapa, así que mejor lo dejamos aquí y
piensa cómo continuar el cuento mientras te tocas en tu perfumada cama.
– ¿Cómo sabes que mi cama es perfumada?
* Me lo imagino, perfume de sexo húmedo y deseoso de ser penetrado por mí.
– Uuuuum perece que me leas el pensamiento. Cuando me meta en la cama me tocaré.
* ¿Pensando en mí?
– Pues claro, me pones a cien.
* Me has dado una idea.
– ¿Y qué idea es esa?
* En vez de seguir con el cuento, intentaré escribir una novela en la que el protagonista sea el chico del video-club.
– Es una idea muy buena. Quiero ser la primera en leer tu novela.
* Eso te lo tendrás que ganar a pulso.
– Tranquilo, da por hecho que me lo ganaré con creces, no te arrepentirás.
* Pues me pongo manos a la obra. Empezaré ahora mismo. Lo primero que escriba será un relato y se llamará “Un beso robado”. Contará lo que hace el chico del video-club con la chica en el altillo del bar. Esperando que tú y yo hagamos algo parecido, o a poder ser mucho más excitante que lo que hacen ellos.

El sexo es como una partida de póker:
Si no tienes una buena pareja, más vale
que tengas una buena mano.

Mae West