PEPINO
Nos dirigimos a mi casa caminando lentamente abrazados como una pareja de novios cualquiera, disfrutando de la noche y viendo a los que cerraban los bares con sus desencajados semblantes. Tenían cara de odiar su vida; uno de ellos, mientras se rascaba el paquete, balbuceaba a gritos “!Verás mi mujer cuando llegue a casa la pájara que me lía!”
Subimos las escaleras de mi casa. Yo detrás de ella, por supuesto, para no perderme el espectáculo de sus movimientos y su poderoso culo de cuero.
No me dio tiempo a sacar las llaves del bolsillo que ella ya estaba con mi chorra en su mano, dándome besos en el cuello; se agachó y la introdujo dentro de su boca. Allí, en la escalera de vecinos delante de mi puerta.
¿Qué diría la Sra. Isabel si nos viera haciendo el guarro delante de su puerta? Pues lo de siempre: “ya está el golfo de Max llevándose a otra fresca a casa y a estas horas de la noche, ¡qué barbaridad!”.
Me dejé hacer un rato pero no me parecía correcto y la levante cogiéndola de la mano.
– Vamos, Pepino, que dentro estaremos mucho mejor.
Entramos en casa. Era un piso modesto con muy pocos muebles y muy funcional; perfecto para un joven freelance como yo, que se ganaba la vida como buenamente podía.
La cocina casi estaba por estrenar y en la nevera solo había hielo y cervezas. En la sala, un gran sofá y una enorme televisión al lado de una estantería repleta de libros de lo más variados; los que más abundaban eran de fotografía: Catalá Roca, Eugeni Forcano, Leopoldo Pomés, Robert Doisneau y cualquier maestro del blanco y negro de mediados del siglo XX.
Delante del sofá, una mesita con restos de alguna fiesta improvisada y solitaria.
Pepino se dio un paseo por todo el piso mirando y tocando todo con ese descaro tan característico suyo que siempre me encantó.
Entró en la habitación donde tenía instalado el laboratorio fotográfico y miró las fotos que colgaban de la cuerda de tender la ropa.
– Muy bonitas – me dijo-. ¿Has pensado en exponer en alguna galería de arte? Yo tengo contactos.
– Ahora mismo – le contesté – en lo único que pienso es en hacer el amor contigo hasta que salga el Sol.
Me miró sonriendo con ternura y me cogió de la mano.
– ¿Esta es tu habitación?
La habitación apenas disponía de una cama, unos palets de madera con un colchón encima y poco más.
Se quitó los pantalones con la misma rapidez que en el reservado de Studio 54. 
Esta vez vi como lo hacía. Parecía una experta stripper, volvía a estar ante mí con sus botines negros, sus braguitas negras y su corpiño negro con los cordones ya totalmente destensados. Pude ver entre los cordones un pezón de color rosa duro como una piedra, ella pudo ver mi erección y sonrió de nuevo.
El resto de la ropa se la quitó con calma. Se sentó en la cama para quitarse los botines; era una imagen extremadamente sexy. No pude por menos que coger la cámara que tenía colgada tras la puerta e inmortalizar el momento.
Se quitó el corpiño lentamente, mostrando sus pechos empitonados; Se puso en pie y se quitó las braguitas tirándomelas a la cara, yo, haciendo el tonto, como siempre, las olí mientras me golpeaba con los puños en el pecho como hacen los gorilas, y me abalancé sobre ella tirándola encima de la cama, haciendo mucho escándalo y riendo como locos. La señora Isabel debía estar de los nervios, como siempre; poco tardaría en golpear la pared.
– Estas tonterías son las que me enamoraron de ti, capullo -me dijo-.
– Este culo es lo que me ha enamorado de ti – le dije mientras se lo mordía. Volvió a reír como una quinceañera.
– Tranquilo, Torete, que esta vez quiero verte el cuerpo y recorrerlo con mi lengua.
Aullé como un lobo. Mientras ella me desabrochaba el botón del pantalón yo me apresuraba a quitarme la camiseta; los calzoncillos me los bajó tirando de ellos con sus dientes y yo, rápida y disimuladamente, me quité los calcetines. No quería parecer Alfredo Landa en una noche tan especial para los dos. No hay nada más ridículo que un hombre desnudo con los calcetines puestos.
Empezó lamiéndome los pezones con suavidad pero noté como se excitaba y empezó a mordisqueármelos mientras me acariciaba la polla con sus largas uñas negras de gata traviesa.
Así pasamos toda la noche, jugando con la mente de quinceañeros enamorados y cuerpos ya desarrollados con ganas de pasarlo bien recordando viejos tiempos de sexo adolescente.
Nos quedamos exhaustos uno al lado del otro en la cama, mirando al techo que pedía una mano de pintura urgente, todo sea dicho, y se durmió con cara de felicidad. Yo me quedé mirándola, mejor dicho, admirándola, para inmortalizar en mis retinas aquel maravilloso cuerpo y aquella preciosa cara.
Ya era de día. Conseguí lo que quería, vernos otro día a ver qué tal. Y era precioso. Haber recuperado un amor de la adolescencia con la sorpresa de descubrir a una mujer espectacular, era una mezcla de sensaciones maravillosas.
Creo que me enamoré en ese mismo instante.
Se dio la vuelta, me abrazó, apoyó su cabeza sobre mi pecho y nos quedamos dormidos.
Me desperté a eso de las siete de la tarde. Ya era de noche otra vez. Palpé la cama para ver si estaba Nina, pero ya no estaba.
Su perfume de pachuli dominaba la habitación y mi cabeza, a punto de estallar, intentaba recordar algo de lo ocurrido.
La resaca era de campeonato. Me levanté de la cama como pude para mear y me mojé la cabeza para aliviar un poco el dolor.
Salí al salón para ver si estaba Nina en el sofá pero lo único que encontré fue una nota suya que preferí leer más tarde, por si me daba malas noticias.
Me duché, me vestí, me puse la nota en el bolsillo y bajé a la calle.
Notaba la brisa en mi cara, me gustaba esa sensación en los días de resaca y ese día era de las duras.
Entré en el bar Ramón y le pedí a Manolo un carajillo de ron.
– ¡Parece ser que anoche alguien se bebió hasta el agua de los floreros! -dijo Manolo, a grito pelado. Casi me estalla la cabeza.
Continuó hablando fuerte para que todo el bar le oyera. Era el típico camarero que no sabe guardar ningún secreto; si quieres que todo el barrio se entere de algo, solo tienes que contárselo a él.
– Tienes contenta a la Sra. Isabel, dice que no le has dejado pegar ojo. Que tunante estás hecho, muchacho. Has vuelto a mojar, ¿eh, canalla? Dice que os vio por la mirilla de la puerta y que la chica parecía que buscaba algo que se le habría caído al suelo porque estaba de rodillas.
Toda la parroquia del bar reía a carcajada limpia, mostrando sus sonrisas desdentadas de borracho.
– Cóbrate, anda, y si ves a la Sra. Isabel le dices que un día se romperá los nudillos de lo fuerte que le pega a la pared cuando, según ella, hago mucho ruido.
Salí del bar y me dirigí al puerto para sentarme en un banco y ver los barcos mientras me fumaba un cigarrillo.
Que bien se estaba cerca del mar, aunque estuviese lleno de manchas de petróleo de los putos barcos.
Me fumé el cigarro y pensé en Nina, no me atrevía a leer su nota. Apagué mi cigarro en el suelo, pisándolo con rabia. Me metí la mano en el bolsillo y saqué su nota.
Olía a ella. Su letra era la típica letra femenina de colegio de monjas. No sé cómo aprendió a escribir así. En nuestro colegio la única monja que había era Sor Margarita, la que nos inflaba a hostias cuando venía a darnos clase de religión una vez al mes.
Al final de la nota vi sus labios estampados en carmín negro junto a un “te quiero”, eso me dio valor para leerla.
Llené mis pulmones de aire fresco y comencé a leer:

“Hola cielo, he pasado la mejor noche de mi vida contigo. Hacía años que esperaba este encuentro. Cuando ya daba por perdida mi ilusión, me llegó a la oficina la lista de los chicos de la prensa que iban a asistir al evento. No sé por qué pero la leí, cosa que no suelo hacer nunca, y vi tu nombre.
Se me aceleró el corazón y me pregunté qué haría cuando te viese.
Me entró miedo pero a la vez despertó en mí algo que hacía años no sentía.
Me pregunté cómo serías ahora y si me reconocerías. Pensé que igual te habrías casado o que tal vez tenías novia, que igual me llevaba una decepción al verte después de tantos años. Pero me llevé una gran sorpresa, sigues igual, por ti no han pasado los años, eres mucho más atractivo, te has hecho todo un hombre, la madurez te ha sentado muy bien. No sabía si decirte quién era nada mas verte o si intentaría seducirte sin decirte nada.
Cuando te vi me dio un vuelco el corazón, pero creo que interpreté bien mi papel y te cuidé toda la noche sin que te dieras cuenta.
En el reservado de la discoteca, mientras hacíamos el amor, estuve a punto de decírtelo pero no me pareció el momento adecuado.
Despertaste en mí esa sensación que record

aba desde hacía años y disfruté más que la primera vez.
Ahora ya somos adultos y hemos aprendido los dos mucho: Conocemos secretos que en aquellos años desconocíamos.
Quiero volver a verte: Necesito volver a verte: Quiero estar contigo todo el tiempo que sea posible, pero por el momento parece que no podrá ser.
Mañana salgo de gira por toda España y estaré fuera seis meses, pero ahora sé donde trabajas y tú también donde trabajo yo, así que esta vez será más fácil nuestro reencuentro.
Bueno cariño, te dejaré dormir, aunque lo que me apetece en este momento es despertarte y hacer el amor otra vez para llevarme un bonito recuerdo de ti y hacer más agradable la gira con estos degenerados.
He pillado una de tus cámaras, te hice unas fotos mientras dormías, espero que no te moleste; las revelaré y las llevaré conmigo durante toda la gira.
He puesto otro carrete y me he hecho fotos en el espejo del baño, ya las verás cuando las reveles; las hice con la Canon, no vaya a ser que las vea alguien sin que tú lo sepas. Son para que me recuerdes.
Ya nos veremos a la vuelta, si tú quieres, claro.
Te haré llegar una nota y tú decides, guapo.
Un beso, Max. Te quiero”.
Volví a guardar la nota en mi bolsillo y encendí otro cigarrillo mientras se me escapaba una lágrima. Soy así de sensible cuando estoy de resaca.
Me di un paseo por Las Ramblas y llamé desde una cabina a la redacción.
No había nadie, normal a esas horas, y como nadie tampoco me llamó a mí, pensé que el cafre de Alfredo por un día se había apiadado de mí y me había dejado dormir la mona.
Cené algo en un restaurante del barrio gótico y me fui para casa.
En la escalera me encontré con la Sra. Isabel y ni me saludó, solo me miro de arriba abajo y soltó una especie de gruñido ininteligible; era algo así como “malditocabronescandalosoateoguarro”
Entré en casa y me tiré en la cama vestido. Me acerqué las sábanas y la almohada a la cara para oler el aroma de una noche de placer. Olían a ella, a su perfume, a su sexo; aroma celestial para mis sentidos.
“Ánimo, Max; mañana será otro día”, me dije. Me dormí pensando en ella.